MUJERES SUICIDAS
Hola, les envío parte del primer capítulo de mi nueva novela.
“MUJERES SUICIDAS”
CAPÍTULO I
JULIETA.
Tenía cerca de dos horas estacionada sobre la cuarenta y tres poniente. Había llegado poco antes de las ocho de la noche pero, por ser horario de verano, aunque tímidos, los rayos del sol aún caían sobre la Angelópolis, así que decidió esperar a que oscureciera. Era imprescindible que nadie la viera entrar al sitio donde iba a buscar un hombre para cometer un acto pecaminoso, vergonzante, descabellado y cien calificativos más que no se atrevía a mencionar, ni siquiera con el pensamiento. Tras el volante de su auto pudo ver como las luces de las fachadas de los restaurantes se encendieron paulatinamente, una tras otra, como si una lluvia de luciérnagas atacara la avenida espantando la oscuridad que, finalmente, había caído sobre el cielo de la ciudad de Puebla. “El Greco”, “Che Garufa”, “La Cascada”, éstos y varios letreros más anunciaban los locales donde se podía cenar, beber y pasar un rato agradable. Su vehículo estaba cerca de “El Rincón Discreto”, el Restaurante-Bar más lujoso de la popular avenida.
Diez años atrás, la cuarenta y tres poniente era una avenida solitaria y oscura como un cementerio a media noche. No fueron pocos los comerciantes que intentaron hacer fortuna poniendo sus negocios a lo largo y ancho de aquel sitio: farmacias, tiendas de ropa, mercerías, tiendas de regalos y un largo etcétera, fueron los locales que, así como llegaron, desaparecieron prontamente por falta de clientela, volviendo a dejar la “cuarenta tres” tan solitaria como lo había sido. Fue el licenciado Rafael Quintero quien tuvo la idea de poner un restaurante-bar de lujo que, de inmediato e inesperadamente, tuvo un éxito arrollador y se convirtió en el sitio favorito de la gente pudiente de la ciudad, orillando a más inversionistas a abrir sitios similares, que tuvieron la fortuna de “hacerla en grande”, hasta convertir aquella avenida en una de las más concurridas por los noctámbulos de la ciudad de los ángeles y de Zaragoza.
Julieta no apartaba la vista de “El Rincón Discreto”, mirando con curiosidad a todos aquellos que entraban al lugar, como cerciorándose que su amiga, Rosalía, le había dicho la verdad respecto al restaurante anteriormente mencionado. Rosalía tenía cuarenta y cinco años, dos más que ella, y estaba divorciada desde hacía cinco. Cuando Julieta le contó sus “penas”, la madura mujer le mencionó cómo y por qué se enteró lo que le había comentado, sin poder contener el entusiasmo que puso aquella vez en sus palabras.
Fue seis años atrás, aún estando casada con su “ex”, que éste la invitó a cenar al “Rincón” para festejar sus diez años de casados.
Un elegante mesero llevó a Rosalía y su entonces marido a la mesa que con anterioridad éste reservara. Brindaron con vino y cenaron crema de espárragos, filetes de pescado con camarones empanizados y, de postre, generosas rebanadas de pastel de chocolate.
-Fíjate bien en aquel hombre que bebe en la barra.-
Dijo Vicente a su aún esposa con toda la discreción posible.
-¿Qué tiene? Inquirió Rosalía interrogante.-
-Es un “cazador” y viene a este lugar en busca de aventuras.-
-No te lo creo.-
-Claro que si, y tiene puesto el ojo en aquella mujer del saco rojo que está sentada en el rincón de la derecha.-
-¿Estás seguro?
-Espera tantito y verás que no tarda en abordarla.-
-No pasaron ni cinco minutos cuando aquel hizo exactamente lo que mi ex predijera y, quince minutos más, para que ambos salieran del lugar tomados de la mano.-
Continuó comentando Rosalía, quien se divorció de Vicente al comprobar que, éste, se estaba acostando con su secretaria.
-Cuando dejé a mi ex, yo misma acudí al “Rincón” en busca de un hombre, y te juró por Dios que lo encontré, y, si yo lo pude hacer, para ti será más sencillo pues eres mucho más guapa y distinguida que yo.-
Epilogó su amiga cuando tuvieran aquella conversación tan íntima y reveladora.
No fue nada fácil para Julieta decidirse a tener una “aventura” con un desconocido por muy caballero, guapo y elegante que éste fuera. Tenía siete años de haber enviudado de su esposo al que idolatrara y le diera su única hija a la que adoraba. Mariana, fue el bálsamo que aminoró un poco la punzante herida que flageló su alma por la pérdida de su compañero. Siete años sin el menor contacto con el sexo opuesto ya eran muchos, y no es que lo deseara o le hiciera falta tener sexo, era que lo NECESITABA. Si, le había costado muchísimo trabajo aceptarlo y decidirse y, ahora que estaba a punto de intentarlo, las dudas que tuvo desde el principio volvían a abrumarla.
-¿Qué hago? ¿Entro o no? ¿Hago caso a los que me dicen que me hace falta tener sexo?
No sabía si estaba convencida de realmente necesitarlo o simplemente es que había dejado que le lavaran el cerebro. Por otra parte, tener una relación furtiva se le hacía sucio, aberrante y vergonzoso.
-No inventes, eres viuda y tener un encuentro amoroso es lo más natural del mundo.-
Le afirmó Rosalía el día que la convenció de acudir a lo prohibido.
“Lo más natural del mundo”, tal vez para Rosalía u otras mujeres de su clase, pero no para ella. Julieta no era frívola ni amoral. Julieta era una dama, una mujer honesta, pudorosa, intachable, una fémina incapaz de tomar con naturalidad un acto tan bochornoso.
-¿Qué pensaría mi hija Mariana si supiera que…?
El recuerdo de la chiquilla de dieciocho años fue quien le dio la pauta para comprender que, lo que pensaba hacer, estaba del todo mal por dondequiera que lo viera, y encendió el motor para luego pisar el acelerador como si lo odiara. Su auto recorrió tres calles a la velocidad de una ambulancia con la sirena activada. Tuvo que enfrenar con brusquedad para no pasarse un alto obligatorio. Un dolor extremo en el riñón derecho la sacudió de pesar y de inmediato buscó en la guantera las pastillas que se lo quitaban. Se tomó dos pasándoselas con el agua de la botella que siempre traía reposando en el asiento trasero. El semáforo se puso en verde y reanudó su marcha. Llegó a su departamento ubicado en un lujoso edificio cercano a la plaza más elitista de la ciudad: “Plaza Angelópolis”. El departamento era grande, tal vez demasiado para albergar a dos mujeres solas, ella y su hija. Un par de veces pensó en venderlo y mudarse a algo más chico pero no lo hizo por tener ahí sus mejores recuerdos: Las maravillosas horas que pasara al lado de su malogrado esposo, atacado por el asesino inmisericorde conocido como cáncer. El dolor del riñón había cesado pero ahora lo que la fustigaba eran fuertes piquetes en el hígado. Con rapidez entró a su dormitorio abriendo el cajón de su buró plagado de medicamentos: Cápsulas para la migraña, para el dolor de huesos, pastillas para el dolor de músculos, para la presión baja, para la presión alta, pomadas, ungüentos, en fin, se podría decir, sin exagerar, que aquel cajón guardaba más medicamentos que el almacén de una farmacia. Le costó trabajo hallar la medicina que necesitaba para el hígado y la deglutió prontamente. Se recostó en espera que el malestar desapareciera. Empezaba a dormir cuando la voz de Mariana, juvenil y alegre, la orilló a abrir los ojos.
-¿A que hora llegaste, mami? No escuché cuando lo hiciste.-
Agregó la chica al tiempo que le daba un cariñoso beso en la mejilla.
-Hace rato.-
-Estaba conversando con Enrique por Skip.-
Continuó la muchacha recostándose al lado de su madre.
-¿Es tu novio?-
Musitó Julieta con más ganas de dormir que de otra cosa.
-Házmela buena.- Enrique es el chico más guapo de la facultad. Todas estamos loquitas por él, yo la primera, te lo he dicho mil veces.-
-Es verdad. Perdóname. Lo había olvidado.-
-Se comunicó conmigo para hacerme una pregunta sobre el tema que nos dejaron en la “UNI”.
-¿Te pido un favor?-
Musitó la mujer con voz apagada y suplicante.
-Si, ya sé. Te sientes mal y quieres dormir. Te dejo, pero en una hora te vengo a despertar para que cenemos.-
Epilogó Mariana saliendo de inmediato de los aposentos de su madre.
-¿Por qué estoy enferma de todo? ¿Por qué no puedo pasar un día sin que me duela nada?
Los malestares de Julieta comenzaron dos años atrás. Iniciaron con pequeños dolores en diversas partes del cuerpo, dolores que fueron aumentando paulatina y prontamente. Acudió a su doctor de cabecera quien le ordenó unos análisis pero no pudo encontrar el origen de tantos males. Cambió de médico tres veces sin hallar el menor remedio para sus incontables malestares. Los padecimientos eran cada vez más fuertes, dolorosos e insoportables y fue la primera vez que pensó en el SUICIDIO. Fue un pensamiento fugaz que desechó casi de inmediato al recordar a su hija y no volvió a pensar en escapar por la llamada “puerta falsa”.
Sus males se acrecentaron una noche que dormía y la despertó un terrible dolor en el brazo izquierdo, seguido por un exagerado dolor en el pecho. Sentía que se asfixiaba.
-Dios mío. Me está dando un infarto.-
-MARIANA, MARIANA.-
Alcanzó a gritar antes de desmayarse.
Despertó en una cama del hospital “Santa Fe”, frente a una obesa enfermera y algunos aparatos clínicos colocados en su cuerpo.
-¿Dónde estoy? ¿Que me pasó? ¿Quién me trajo a este sitio?
-Su hija. Pero el doctor le pidió salir pues le estamos haciendo unos estudios.-
-¿Me dio un infarto, cierto? ¿Voy a morir? Dígamelo.-
-Tranquilícese. Por el momento está usted estable y lo del infarto no está confirmado, todavía.-
-¿Qué no está confirmado? Fue infarto, estoy más que segura.-
-Por favor no se agite. En seguida vendrá el doctor con los resultados de los análisis que le hicimos.-
-Quiero ver a mi hija. No deseo morir sin hacerlo.-
-Por el momento no es posible pero en cuanto terminemos nuestro trabajo la llamaré. Está en la cafetería.-
Los ojos de Mariana relampaguearon de alegría al ver a Enrique sentado en una de las mesas.
-Enrique, que sorpresa.-



